Dormir apretujada

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Hoy he podido disfrutar durante un ratito de toda la cama para mi sola. Y he estirado brazos, piernas, pies y cuello hasta tal punto que he llegado a pensar que he crecido un par de centímetros. Y, ¿sabéis qué? Que la cama és ancha. Que hay espacio. Los que tenéis hijos entendéis de lo que os hablo.

Me encanta tener a los niños cerca y abrazarles. Pero a menudo se duermen uno en el brazo izquierdo y otro en el derecho hasta que me provocan hormigueos, me dan patadas porque tienen pesadillas (aunque a veces he pensado que es venganza), y van dando vueltas sobre sí mismos como un ventilador que, en lugar de refrescar, calienta. Su comodidad se convierte en mi incomodidad, en esa contractura del hombro que no se va, en un persistente dolor lumbar, en ojeras permanentes, en un olor a niña y niño. Y encima los hijos van creciendo y cada vez el colchón se hace más pequeño. ¿Será algo parecido a lo que sentía Alícia en el País de las Maravillas?

Hoy he podido disfrutar durante un ratito de toda la cama para mi sola. Sin niños, sin marido. He estirado todo lo que he podido estirar. Pero luego he sentido que me faltaba algo. Será que dormir apretujada es, en realidad, una de las mejores sensaciones que te da la vida.

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